El cuaderno en llamas

La guardiana

Su grito ahogó cualquier ruido cuando vio cómo empezabas a caer al suelo y el tiempo quedó congelado. Mientras su desesperación aún resonaba en mi pecho, ella llegaba a tiempo de que no cayeras, pensando en que no te hicieras más daño del que te habían infligido. Pero algo me decía que era tarde.

Sentía las piernas pesadas, no podía correr y decidí observarla de lejos: primero te zarandeó con delicadeza, llamándote con desesperación, luego te acariciaba el rostro, con los dedos llenos de sangre.... empezó a llamarte pero no abrías los ojos. Luego se dio cuenta de que no lo harías.

Lanzó un alarido que rasgó la paz y la calma hasta de nuestras almas, nacido de un profundo dolor que no podría ni imaginar, a pesar de que yo también te había perdido. Jamás había oído algo así y lo único que pude hacer era echar la cabeza al suelo, después de haber caído ya de rodillas y llorar. Pero sé que el desgarrador llanto que siguió a ese sonido, me perseguirá toda la vida.

Pensaba que era demasiado injusto. Demasiado. Todo el calvario por el que habías pasado para llegar a donde estabas, con la persona que más habías amado en esta vida, después de haber superado tantos y tantos obstáculos, uno detrás de otro, levantándote cada vez que caías.

Y ahora caías... para no levantarte más.

Tú siempre has sido así, la persona más fría que pudieras conocer porque eras incapaz de mostrar tus sentimientos a nadie salvo en contadas ocasiones... salvo a ella. Eso podría gustarle o no gustarle al resto del mundo pero precisamente por eso sorprendías a todos con tu espíritu de entrega y lucha. Siempre eran los demás antes que tú y siempre luchabas porque todo fuera lo mejor posible...por eso no has dudado en dar tu vida por todos nosotros.

Una vez más, nos has querido proteger a cuenta y riesgo de tu propia vida. Pero sobretodo, por esta vez, protegerla a ella. A pesar de que no estabais pasando por el mejor momento. A pesar de haber estado más tiempo enfrentadas que entregadas a vuestros sentimientos.

Por eso sabía que lloraba. Por eso no podía dejar de llorar yo. Porque como amiga tuya sabía todo lo que le habría gustado decirte y no le diste oportunidad.

¿Sería porque confiabas en tu maldita y jodida suerte para salir entera de todos tus problemas? Por esta vez, la Fortuna te dio la espalda.

Recordé el momento en que te conocí. El día que me dijiste que los milagros existen y que siendo constantes y luchadores, se conseguiría todo. No, no sólo era eso y sé que no me lo dijiste para que lo descubriera por mí misma. Si no para que me diera cuenta que alli, en la llamada Tierra de los Sueños, todo es posible. Pensé que te levantaría una vez más ¿no?

No. En el fondo sabía que hasta la muerte era imbatible.

Aunque... trae siempre consecuencias. Ella dejó de llorar en algún momento. Te dejó en el suelo suavemente y la fuerza que empezaba a emanar de ella, por su rabia y su dolor, vaticinaba una batalla aún más cruenta. Tu sangre no sería derramada en vano.

El dragón negro, que había estado observando la escena con paciencia y sin inmutarse, se empezaba a incorporar y la miraba desafiante.

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